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Revolucionar la educación es también medioambiente

Hace poco un profesor de la comunidad de Llanchamacocha, en la selva ecuatoriana, hacía una clase sobre las significaciones de la tierra, el tiempo, el espacio y las personas y para ello, repetía un ritual: los niños en círculo, de cara al sol, reciben sus rayos todas la mañanas, de esa forma, el profesor les enseña que las serpientes no se acercarán porque quedarán cegadas por el resplandor que el sol traspasa a cada niño. Eso es lo que dijeron los ancestros y  a estos los espíritus mucho antes del tiempo y de la memoria y mucho antes que las políticas de Estado se impusieran ante las realidades mágicas de cada pueblo.

 

Fragmento del documental Shimanu, entre lo sagrado y lo profano.  Niño sapara de Llanchamacocha taunando (remando con una caña larga) en el Río Conambo, 2015. Foto de: Tupac Galarza

 

En Islandia, un grupo de personas detuvo la construcción de una carretera logrando que se desviara porque iba a pasar encima de una pequeña cueva en la que habitan duendes. En ambos casos, hay una interpretación de ambiente como contexto para la comprensión de la dinámica humana. El problema es que adentrados ya en el S. XXI, mayoritariamente los Estados se refieren a la cuestión del medio ambiente separándola, aunque sea paradójico, del ecosistema humano y de las interacciones complejas que se producen de manera cotidiana. Desde este punto de vista, la cultura no puede ser separada del debate sobre medioambiente, ecosistemas, sostenibilidad y sustentabilidad. Queremos que el planeta sea respetado, valorado, cuidado y preservado para las generaciones venideras y entonces, casi desesperadamente, plantamos árboles, limpiamos las playas, nos afanamos por reciclar y vamos por las calles con carteles para decir no a la minería de gran escala, a los transgénicos, al petróleo y a las hidroeléctricas. Algunos compran en el supermercado, pero llevan sus propias fundas para no utilizar las bolsas plásticas y otros, se levan la cara con los jabones artesanales para no contribuir con el deterioro del medio ambiente. ..y todo eso está bien y ojalá existieran más alternativas, pero de la educación como generadora de cambios, de la educación como actor central del cambio, de la educación como instrumento insustituible para valorar, cuidar y legar el planeta poco o nada se dice.

 

Mientras en los países del centro del desarrollo la educación avanza de la mano de la ciencia y la tecnología y más del 70 por ciento del conocimiento humano se expresa en inglés como lengua dominante, los países que se encuentran en la periferia del desarrollo, intentan una y otra vez, reformas educacionales, no para centrarse en el valor de la persona y su interacción con el planeta, con la sociedad o con el conocimiento, sino para ser más competitivos. Si la educación provee a la sociedad sujetos competentes, hábiles y diestros, la economía repuntará, la soberanía se extenderá cubriendo con su manto la patria, y de esa manera serán más hábiles para comprender y ejercitar la generación de riquezas, la distribución de los vienes. Mejores ingenieros, mejores abogados, mejores, mejores todos y todas para explotar de manera más eficiente el planeta, no importa qué profesión, lo único válido es poder competir. Por eso esto de medioambiente suena medio ridículo y las nuevas revoluciones también, esas que tiene factura de S.XXI y cuyos más enconados líderes, propugnan cambios en todos los foros a los que pueden asistir.

 

 Manari Ushigua, Líder de la nación sapara enseñando sobre las propiedades del curare. Foto de Dasha Sánchez Maximova

 

El medio ambiente en educación es visto como una asignatura, como un estudio, como una carrera inclusive, pero no es visto como un quantum generador por sí mismo de relaciones complejas que moldean y hasta determinan la vida de la humanidad. Para la Unesco, la lucha formal contra el analfabetismo avanza en la expresión estadística que se recoge en el seno de Naciones Unidas, pero no se establece relación con la pobreza, con la marginalidad, con la falta de recursos básicos, con el hambre o con los nuevos esclavos o con los miles de inmigrantes que abandonan sus países en busca de mejores oportunidades. Pienso que si la educación ocupara un lugar central en la expresión más íntimamente solidaria de la humanidad, las cosas tendrían otro cariz.  Pero educar es peligroso porque despierta conciencias, a lo menos eso decíamos antes, despierta no esa conciencia del competidor sino del que reniega de sí mismo y de sus bien ganadas granjerías para derribar los muros de su propia ceguera. De esos ya no quedan muchos. Tal vez es cierto que el Quijote, el último loco ya no esté con nosotros.

 

La pobreza y el hambre tiene sus raíces en la falta de una educación liberadora, en la falta de una solidaridad universal para con el hombre y la vida. Agitamos las banderas del medio ambiente, pero en el cono sur le damos palo y garrote a los pueblos ancestrales; declaramos zonas exclusivas en los océanos, pero expulsamos a los pescadores de las pequeñas comunidades a los tugurios marginalizados de las grandes ciudades; defendemos el principio de la soberanía alimentaria, pero preferimos que las políticas gubernamentales actúen en la cancha del agro negocio y le sobamos el lomo a los pequeños campesinos, como el patrón le pasa la mano a su perro manso para que le mueva la cola. La mayoría de nuestros jefes de Estado, una vez al año se  reúnen con los grupos empresariales y dan cuenta, justifican o explican tal o cual razón para haber adoptado determinadas conductas. De la educación como factor de cambio planetario existe la obsesión porque todos alcancen un doctorado, ojalá en las más lejanas, pero lustrosas universidades, aunque los niños de esos mismos países apenas puedan limpiarse los mocos en salas de clases destartaladas, inmundas, lúgubres, con olor a orines. Esos niños no tendrán como prioridad cuidar el planeta, comprender la etiología del problema o aventurar siquiera una hipótesis del mismo -aunque espero estar profundamente equivocado-, porque estarán engrosando las filas de los olvidados.

 

Líderes de la comunidad sapara en actividades de resistencia ante la concesión de sus territorios, Foto de Dasha Sánchez Maximova

 

El presidente de la nación sapara sostiene la declaración de la UNESCO que les nombra Obra Maestra del Patrimonio Intangible de la Humanidad. Foto de Dasha Sánchez Maximova

 

Con todo, es cierto que la sociedad civil, a veces en contra de sus propios gobiernos, ha levantado propuestas sobre la base de las responsabilidades sobre la situación del planeta y sus ecosistemas, siendo una de los principios más relevantes el de la soberanía alimentaria situada en la margen más opuesta del modelo de libre mercado y de la agro-exportación de gran escala. Pero la soberanía alimentaria tampoco ha ingresado a las aulas y la educación está lejos de ser una herramienta de discusión al respecto.

 

Yo reclamo la necesidad de educar para no competir, sino para restablecer una solidaridad planetaria capaz de poner el conocimiento al servicio de las personas y la ciencia y la tecnología al cuidado de lo único que tenemos, la vida y el planeta.

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